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miércoles, 6 de agosto de 2014

¿Golpe suave, o guerra civil fría?





Llueve, el negro de la carretera, es un jabón aceitoso con olor a coque y caucho, que con cada camión que pasa, asperja ese perfume sobre los que se mojan al lado de la vía, pero es la vaporización de ese perfume, el que se queda en la ropa y rostro de sufrimiento, de la niña que vende café, agua y chicharrones, en su "Negocio" improvisado, a la mitad de un reductor de velocidad enclavado en el medio de la nada, tan solo atado a un asta, cuya base es un rin viejo, con tres peñas sobre él, en cuyo tope, una sombrilla pelea contra en viento, el sol o el agua según lo dicte el día . La niña que pronto será madre y responsable de una pequeña vida, y de la suya, no puede dejar de intentar vender algo, ganar el diario, su mano después de cinco días de lluvia aún se agita con los vasos plásticos en ella, no puede esperar que la convergencia ínter tropical pase, para ella son sólo palos de agua, que agudizan el sufrir normal de estar atada al pavimento, de no moverse en una vía, que le pasa sin destino para ella. Eso de que lo importante no es el destino, sino la vía que recorremos, es una falsedad tan transparente, como el agua que la moja desde comienzos de la mañana, su sufrir, tiene un color diferente al de la niña del barrio, cuyo hastío no se mata con la lectura, o el querer ser mejor, porque bajo el sol, su tiempo se cuenta a respiros en una cola para comprar algo que revender en la próxima esquina.

Para un niño, confundir la felicidad, con una sonrisa furtiva, es muy común, más si se juega con palos, en medio de una avenida, tras el receso robado al semáforo en verde, porque rojo es bueno, en el, se puede pedir.

Ellos son comunes, flores silvestres que crecen a orillas de la indiferencia, son números que no se cuentan en el mega plan vacacional de un ministro mediático, ellos, que se transparentan antes los ojos de un país "Cheverito" no saben de guerra económica, de aumentos, inflación, no saben del Medio Oriente, ni saben lo que es ser rescatados. Son hijos de la intrascendencia internacional, cerca de ellos no caen misiles, sus padres no nacieron odiando y siendo odiados, no entienden que la pobreza es una bomba que te mata lentamente y que la falta de educación no te destroza una pierna, pero discapacita la mente y los sueños.

Nadie en el gobierno, hace una gira por las carreteras del país, buscando a estos niños, nadie los ve en los semáforos, los buscan al otro lado del mundo, para servir como muletas políticas, como instrumento de ataque a una realidad ajena, mientras nuestros niños quedan huérfanos,  por una guerra de armados, contra desarmados, de trabajadores contra delincuentes, ellos no son huérfanos que le importen a una ideología, no fueron bombardeados por  los amigos del imperio, no merecen ser rescatados, son más valiosos si crecen manidos, rotos, con poco para comparar, son un daño colateral de un "proceso" que  habla de un golpe suave, a un país que vive una guerra civil fría, a ritmo de los caídos que contabilizan la desesperanza de un país, una fría guerra civil, cuyo campo de refugiados huele a desplazados silentes, que dejan atrás sus raíces por seguridad.
 
¿Acaso seré un desalmado, porque me duelan más los niños de aquí, que los miles que traerán de Palestina? ¿O quizás la única forma de recuperar el alma perdida de tanto destrozar tu país, es comprando una que se vea, ante los ojos de quienes no conocen la verdad? El tiempo y la gente, lo dirá. 


miércoles, 14 de diciembre de 2011

De la piñata al cotillón

La mayoría coincide en que el origen de la piñata viene desde tierras mexicanas, y que fue en la época del los mayas cuando se daban algunas variaciones, que junto al ingenio de los misioneros españoles transformaron esa costumbre, en lo que se conoce como la piñata de cumpleaños, la cual está distribuida en parte de América y España, siendo Venezuela después de México, el país con más arraigo en esta tradición.

Para un niño de un año, la piñata no significa nada, a los dos, ya es una imagen colorida, que si bien puede asustar, por lo general causa llanto a ver que la golpean, a los tres, ya se sabe que hay que golpearla, pero no se tiene la suficiente fuerza para romperla y por supuesto poca experiencia para participar exitosamente de la rebatiña que se forma al final, de los cuatro en adelante se instala en la mente del niño un proceso que lo hace estar alerta ante la situación esperada, bolsa en mano, con la falda o con la camisa presta para recoger el botín, la ubicación y la posición de cuclillas, son parte de los pasos que completan el cuadro de la piñata destrozada, los regalos cayendo del cielo, la lucha por tomar más, y sobretodo, aprovechar el descuido de otro y evitar que te quiten lo que ya obtuviste, todo en un medio de confusión, empujones llanto y hasta peleas, porque hasta he visto padres que le dicen a sus hijos llenos de angustia. – Quien te manda a no ponerte las pilas, muchacho llorón. Y es que la lección de violencia es gratis, allá esta el botín, hay que hacer lo que sea necesario para obtenerlo, incluso usar el palo como espada y darle una estocada a ese infeliz muñeco, con tal de tomar lo mío, escuchando como fondo un coro de voces que grita eufórico: Dale, dale, dale a la piñata, hasta llegar al éxtasis, se rompió, todo paso y la adrenalina bajo, aun se escuchan los quejidos de quienes no lograron su objetivo, y lo peor, los niños escuchan de sus padres cosas como que, esa piñata no tenía nada, o toma estos caramelos que le quite a una niñita que estaba descuidada, para así seguir la fiesta como si nada.

Pero la humanidad tiende a evolucionar, y así es como poco a poco, las fiestas infantiles, pasan de la violencia neta, a palazos controlados y a tomar la iniciativa del desmembramiento del objeto, para permitir una distribución lo más equitativa posible, pasando a ser la piñata algo simbólico, de costumbre, ya que la entrega del cotillón, pasa a ser la figura principal que ansiosamente espera el niño, sabiendo que no precisa arrebatar porque el hecho de compartir con el cumpleañero, lo hace merecedor, de ese gesto lleno de dulces y sorpresas.

¿Pero qué hay de la cultura de darle palo a la piñata del dinero de la nación? ¿De utilizar el poder para saquear el erario público? ¿Como la violencia y el caos, ayudan a acabar con la piñata? Y lo peor es que en el gobierno llego la evolución, pero para poder mantenerse en el poder, si llegaron los cotillones, y no para ser más equitativo, pago por hijos, sueldo a los presos, demagogia con los ancianos, propaganda con los discapacitados, sin contar con las bolsitas llenas de promesas, vivienda, trabajo y seguridad, cotillones de migajas, para celebrar el cumpleaños 13 poniendo una torta, cuya única explicación es la desidia por lo importante y la perpetuidad del poder, aunque está claro, que aunque entregues cotillones, ya nadie cree que eres un niño, en la edad de la inocencia.